Tuesday, October 25, 2011

VISTO BUENO

(fragmento de Solo de sampler)



Las imágenes abstractas que moldeaba la voz de Mario liberaban formas desconocidas y colores irreproducibles...¿o cómo creían que un ciego concibe su mundo? Los seres, los objetos y hasta los conceptos intangibles se le presentaban palpables, al alcance de las manos. Aunque eran impresentables, todo indicaba que eran posibles. Pero al no ser visibles nunca terminaban de ser reales. Únicamente la antojadiza percepción individual podía conferirles una identidad.

Entrometidos en la oscuridad de un túnel subterráneo, Mario abrazaba al Guacho en formación tratando de transmitirle el calor que la falta de recursos les negaba. Era un calor fluorescente que lo fascinaba y, contrariando su verdadero propósito, lo mantenía despierto. Solía accedía a dormirse cuando Mario le relataba historias invisibles, protagonizadas por personajes de formas deformes, que ocurrían en geografías accidentadas, ciudades plagadas de autos cuyo tamaño dependía del rugido de sus motores y otros escenarios borrosos. La música había instruido al viejo Mario sin educarlo en la cultura de los volúmenes físicos, las proporciones y las apariencias. El determinaba la edad y el sexo de una persona a partir de su voz o el ritmo de su respiración.

Imaginaba espesos nubarrones sobre cada existencia. Como no podía escuchar a su sombra creía que él era la sombra abandonada por algún desconfiado. En su mundo gobernado por las tinieblas de carne y hueso, la aparición del sol no influía sobre su punto de vista. El calor templaba los ánimos y era simplemente la sensación que buscaba para arropar a Guacho.

Cuando el niño cerraba los ojos la comunicación era mucho más fluida. Mario le enseñó a tocar la mayor parte de los instrumentos obligándolo a vendarse y guiarse únicamente por los sonidos. También los entretenía crear videoclips imaginarios o acompañamientos visuales para poder asociar con cada fragmento de las piezas que iban a interpretar. Sentados alrededor de una fogata esquiva escuchaban los “Conciertos de Medianoche” en la radio. Aquella noche, el Preludio de “Tristán e Isolda” de Wagner iluminó sus imaginaciones. El clima era introspectivo, muy calmo y sigiloso. Guacho cerró los ojos para ver mejor. Una pareja de ocas satinadas surcaba un pantano de mantequilla derretida. En la orilla, demasiado lejos como para que el sonido pudiera invadir la escena, un hombre de cabeza trapezoidal afinaba un piano. Según la tecla que pulsara, accionaba un martillo que golpeaba al jilguero que piaba con un registro vocal determinado. Ajenas a este mecanismo, las ocas se perseguían, pero jamás llegaban a alcanzarse. Se hundían en la densidad de la mantequilla y desaparecían. En el fondo abisal, una caja fuerte de mimbre atesoraba el secreto mejor guardado. Era un secreto filoso. Una niña con traje de escamas lo acariciaba y le hablaba al oído de tanto en tanto. Los destellos caleidoscópicos que podían alcanzarla a tanta profundidad revelaban la radiografía de su alma. El alma se llamaba Isolda y usaba barba y bigotes para esconder sus pecas. Alcanzaba 2 metros de altura y sus medidas eran 50-80-50. Desfilaba por una pasarela de pétalos del color que surge de mezclar el ocre con el carmesí. Su derrotero intermitente la depositaba en la otra orilla. Allí se erigía un árbol de cemento que emanaba una soledad púrpura, que refrescaba al violoncelo nacarado que dormía en su regazo. Se llamaba Tristán, superaba los 3m15cm y sus medidas eran 110-92-118. Tristán e Isolda se enamoraron sin parsimonia. Quedó certificado cuando cada uno le entregó su corazón redondo al otro para que lo lamiera.
Luego de un largo viaje por valles de frutos prohibidos, llegaron a una ciudad de edificios encorvados. La contundente urgencia del surrealismo que encarnaban hizo palidecer el tono grisáceo que envolvía el aturdimiento del hacinamiento de cuerpos convexos. Llevaban toda la vida por delante y ella los atropelló. Resucitaron entre los muertos que viven en el mundo real creyendo que están vivos por tener los pies sobre la tierra cuando, en realidad, sólo fueron invitados a purgar sus culpas en este insulso purgatorio material.

Por supuesto, Mario no podía leer pentagramas. Pero comprendía perfectamente el lenguaje de la música. Traduciéndola a estas imágenes antojadizas, Guacho aprendió a ejecutar las melodías que se le dibujaban en la mente.

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