Las imágenes abstractas que moldeaba
la voz de Mario liberaban formas desconocidas y colores irreproducibles...¿o
cómo creían que un ciego concibe su mundo? Los seres, los objetos y hasta los
conceptos intangibles se le presentaban palpables, al alcance de las manos.
Aunque eran impresentables, todo indicaba que eran posibles. Pero al no ser
visibles nunca terminaban de ser reales. Únicamente la antojadiza percepción
individual podía conferirles una identidad.
Entrometidos
en la oscuridad de un túnel subterráneo, Mario abrazaba al Guacho en formación
tratando de transmitirle el calor que la falta de recursos les negaba. Era un
calor fluorescente que lo fascinaba y, contrariando su verdadero propósito, lo
mantenía despierto. Solía accedía a dormirse cuando Mario le relataba historias
invisibles, protagonizadas por personajes de formas deformes, que ocurrían en
geografías accidentadas, ciudades plagadas de autos cuyo tamaño dependía del
rugido de sus motores y otros escenarios borrosos. La música había instruido al
viejo Mario sin educarlo en la cultura de los volúmenes físicos, las
proporciones y las apariencias. El determinaba la edad y el sexo de una persona
a partir de su voz o el ritmo de su respiración.
Imaginaba
espesos nubarrones sobre cada existencia. Como no podía escuchar a su sombra
creía que él era la sombra abandonada por algún desconfiado. En su mundo
gobernado por las tinieblas de carne y hueso, la aparición del sol no influía
sobre su punto de vista. El calor templaba los ánimos y era simplemente la
sensación que buscaba para arropar a Guacho.
Cuando
el niño cerraba los ojos la comunicación era mucho más fluida. Mario le enseñó
a tocar la mayor parte de los instrumentos obligándolo a vendarse y guiarse
únicamente por los sonidos. También los entretenía crear videoclips imaginarios o acompañamientos visuales para poder
asociar con cada fragmento de las piezas que iban a interpretar. Sentados
alrededor de una fogata esquiva escuchaban los “Conciertos de Medianoche” en la
radio. Aquella noche, el Preludio de “Tristán e Isolda” de Wagner iluminó sus
imaginaciones. El clima era introspectivo, muy calmo y sigiloso. Guacho cerró
los ojos para ver mejor. Una pareja de ocas satinadas surcaba un pantano de
mantequilla derretida. En la orilla, demasiado lejos como para que el sonido
pudiera invadir la escena, un hombre de cabeza trapezoidal afinaba un piano.
Según la tecla que pulsara, accionaba un martillo que golpeaba al jilguero que
piaba con un registro vocal determinado. Ajenas a este mecanismo, las ocas se
perseguían, pero jamás llegaban a alcanzarse. Se hundían en la densidad de la
mantequilla y desaparecían. En el fondo abisal, una caja fuerte de mimbre
atesoraba el secreto mejor guardado. Era un secreto filoso. Una niña con traje
de escamas lo acariciaba y le hablaba al oído de tanto en tanto. Los destellos
caleidoscópicos que podían alcanzarla a tanta profundidad revelaban la
radiografía de su alma. El alma se llamaba Isolda y usaba barba y bigotes para
esconder sus pecas. Alcanzaba 2 metros de altura y sus medidas eran 50-80-50.
Desfilaba por una pasarela de pétalos del color que surge de mezclar el ocre
con el carmesí. Su derrotero intermitente la depositaba en la otra orilla. Allí
se erigía un árbol de cemento que emanaba una soledad púrpura, que refrescaba
al violoncelo nacarado que dormía en
su regazo. Se llamaba Tristán, superaba los 3m15cm y sus medidas eran
110-92-118. Tristán e Isolda se enamoraron sin parsimonia. Quedó certificado
cuando cada uno le entregó su corazón redondo al otro para que lo lamiera.
Luego
de un largo viaje por valles de frutos prohibidos, llegaron a una ciudad de
edificios encorvados. La contundente urgencia del surrealismo que encarnaban
hizo palidecer el tono grisáceo que envolvía el aturdimiento del hacinamiento
de cuerpos convexos. Llevaban toda la vida por delante y ella los atropelló.
Resucitaron entre los muertos que viven en el mundo real creyendo que están
vivos por tener los pies sobre la tierra cuando, en realidad, sólo fueron
invitados a purgar sus culpas en este insulso purgatorio material.
Por supuesto,
Mario no podía leer pentagramas. Pero comprendía perfectamente el lenguaje de
la música. Traduciéndola a estas imágenes antojadizas, Guacho aprendió a
ejecutar las melodías que se le dibujaban en la mente.
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