Este capítulo apócrifo de la afamada saga del Correcaminos jamás fue encarado seriamente por el equipo de ilustradores, por lo que su difusión resultó paupérrima, comparándola con los episodios que se repiten cíclicamente en nuestros televisores. Es más, ni siquiera fue convertido en guión. Es una idea arriesgada, de la clase de idea que espanta a productores y editores.
La acción comienza con la irrupción de un Coyote ataviado con indumentaria diseñada para la práctica del skate a motor, deporte para el que demuestra una natural habilidad. Con elegancia, logra deslizarse por las áridas superficies de su entorno. Agazapado en la cima de una formación rocosa, espera el paso del deseado pajarraco. El Correcaminos cruza la pantalla con la despreocupada urgencia que lo caracteriza. El Coyote se lanza tras su persecución con exacto dominio de la tabla, sortea con facilidad los obstáculos que le propone el paisaje y desarrolla una velocidad vertiginosa. Va tan rápido que no tarda en superar al Correcaminos y, al mirar hacia atrás para espiar los movimientos de su presa, se lleva por delante una ladera de montaña.
Profundamente exasperado, el cazador frustrado se recluye en un pasaje de la desértica área donde está ambientada la historia, en busca de una concentración tan encumbrada que le permita encontrar el punto débil de su contrincante. Baraja posibilidades que motiven su continuo apresuramiento o, buen, que puedan atenuarlo. Pronto descarta a la comida como atractivo, varias veces lo intentó retener con raciones de Alimento para Correcaminos ACME, pero resultó ser una necesidad satisfecha mecánicamente, que fagocitaba en menos de 15 segundos. Entonces, concluye que debe haber una hembra justificando su accionar. O va persiguiendo a un ejemplar del sexo débil, (pero mucho más veloz que él) o la ansiedad con la que pasa se debe a que viene o va a verla. Tal vez, nunca tuvo un encuentro con su equivalencia femenina y esa carencia provoca su interminable vitalidad. Incluso, llega a pensar que tiene 2 mujeres, y por eso va tan apurado de una punta del Cañón a otra.
El Coyote espera a la vera de la ruta disfrazada de irresistible Correcaminos hembra. Ha logrado un parecido tan convincente que no necesita correr como un desaforado para demostrar su raza. El ave tan ansiada pasa por el lugar en pleno atardecer e, impulsivamente, se detiene a contemplar tamaña belleza. Al caer la noche, está completamente obnubilado por su fantasía hecha realidad. No ofrece ninguna resistencia al hechizo del impostor, que le propone ir a un lugar más tranquilo. En esa cueva abandonada el frío es neutralizado por la fogata que soporta una olla. La seductora pretendiente le explica que es una bañera de hidromasaje y lo invita a relajarse antes del encuentro amoroso.
El Correcaminos accede, embobado por el amor y el deseo. Se sumerge en el agua hirviente. El Coyote clausura el recipiente y, sentado sobre la tapa, calcula el tiempo de cocción de su plato favorito. Tras 40 minutos, destapa y extrae el manjar para desplumarlo y untarlo con salsa picante. Lo vuelve a introducir por espacio de 15 minutos y arranca un trozo de carne avícola para certificar que se encuentre en el punto justo.
Enseguida lo devora con gloriosa parsimonia. Libera en la ingesta largos períodos de obsesión contenida. Sin detenerse a dictaminar si realmente es tan sabroso, se come al cautivo con minucioso detallismo. Recién cuando logra satisfacer sus deseos más profundos, delega los restos a los buitres del Cañón. En la espesura de la medianoche, la nostalgia lo visita y lo ayuda a delinear cuál será su próximo objeto del deseo.
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