Monday, April 28, 2008

CUANDO COMIAMOS PERDICES

En la madeja de acontecimiemtos que enhebran una época, siempre es difícil encontrar el comienzo. Pero, créanme, todo empezó con una inocente apuesta. Hecha tan a la ligera que ni siquiera acordamos qué estaba en juego. Tan pura que, a pesar de haberla ganado, significó mi despedida de la inocencia.

El día que nos presentaron a la nueva compañerita, nuestras hormonas aceleraron su desarrollo. Ursula era sospechosamente mujer para su edad. Me imagino que encandilaba. Podías protestar por la prepotencia de su look, pero no quedaba otra alternativa que obedecer a la más mínima insinuación de sus piernas. Mis piernas temblaron la primera vez que me invitó a su casa. Mientras subía en el ascensor, recordaba que me había aclarado que sus padres estaban de viaje. Me abrió la puerta y la descubrí más pintada que una ídem.

En el departamento había media división tomando cerveza. Todos se veían mucho más desarrollados sin el saco y la corbata del uniforme. En realidad, yo era el más chico de esa clase que coleccionaba repetidores recurrentes y alumnos que habían interrumpido su educación para pasar una temporada en el reformatorio. Incluso Ursula tenía un año más que yo. Sea como fuese, no estábamos solos. Algo que primero me tranquilizó, pero enseguida empezó a molestarme.

Yo venía a cumplir la apuesta, aunque fuese el único que la recordaba. Iba a quedarme con esa chica. Iba a lograr que mi nombre ascendiese varios porcientos en los índices de popularidad. Pero tenía que poner en marcha el plan antes que algún buitre pudiera desplumar a este gorrión. Mientras todos bebían, aproveche la distracción general e invité a Ursula a mostrarme las habitaciones más oscuras.
Nos encerramos en lo que parecía ser el escritorio del padre. Si bien había una biblioteca, me desorientaba que el bar también estuviera allí. El tipo era nuevo rico, lo que justificaba su dudoso criterio y explicaba que ella no entendiera mis apetencias. Yo había llevado un chocolate blanco con almendras, que era el sabor que había elegido para nuestro primer beso. Ella me susurró que nunca lo había probado y me inspiró un exhabrupto:
- No es la única primera vez que vas a tener conmigo- le aseguré mientras me ponía colorado. Para disolver la verguenza, fui al bar y traje 1 Tom Collins. Se sentó sobre la barra y rodeó mi timidez con sus piernas. Tuvimos que apagar los cigarrillos: eran demasiados vicios para sus dulces 16 y mis salados 15. Entonces ablandé una barra de chocolate en el trago y con ella pinté sus labios de proporciones simiescas. Ella me hizo lo mismo. La punta de mi lengua no pudo evitar asomarse para saborear un adelanto. Un tipo grandote, con un peinado taza a lo Balá, abrió la puerta y destrozó el hechizo. Me saludó con un fuerte apretón de manos. Era Bocho, el hermano mayor, que había venido a controlar que la casa paterna siguiera en pie. No era tan viejo como para que la reunión se suspendiese. Algunos de los invitados tenían más barba que él.

A mí me creció la barba de tanto esperar otra oportunidad. Acordamos una cita para el viernes siguiente. Durante todo la semana, estuve pensando dónde llevarla. Quería impresionarla y seducir mi autoestima cuando mirase nuestro refelejo en las vidrieras. Todavía no era el momento de impresionar a mis amigos yendo a un lugar donde todos pudiesen vernos. Aunque no me luciera, estaba seguro que íbamos a provocar comentarios. Y lo que necesitaba era un lugar íntimo, donde pudiéramos explayarnos sin presiones.

Estuve pensando en llevarla a bailar a Puerto Pirata, que tenía unos reservados que reproducían las pequeñas dimensiones interiores de un yate, lo que estimulaba el acercamiento. También jugué con la improbable idea de ir a comer a Señora de Tal, el restaurante de la mamá de Javier. Pero ir a cenar sonaba demasiado formal. Así que propuse ir al boliche nuevo que habían abierto en el Hostal del Ciervo del Rosedal. Era una discoteca tranquila, que intentaba reproducir la placidez del paisaje que la rodeaba. Ursula respondió que pasara a las 10.

Toque el timbre con la misma mano que esperaba acariciarla. Ella apareció con un llamativo vestido que Elsa Serrano le había confeccionado a medida y que hacía juego con su maquillaje excesivo. El conjunto la hacía parecer mucho más grande. Yo tenía las mismas zapatillas con las que un rato antes había estado jugando a la pelota en la plaza pero, por suerte, me había avivado de cambiarme los pantalones cortos. Su pretendida madurez me daba miedo. Mi corazón latía con frenesí. Ya en el taxi, me animé a tomar su mano. A partir de ese momento, supe que el asiento de atrás es un lugar ideal para el cachondeo. Al bajar, caminamos unos 70 metros. Mi pecho fue invadido por una sensación gloriosa, como de caminata nupcial. Estaba encantado por que su mano se dejaba poseer dócilmente por la mía. En la entrada al boliche, mis dedos acompañaron su paso acariciando sutilmente- como un caballero- el revés de su cintura. Bailamos media hora esperando los lentos. Nuestros cuerpos los festejaron con suavidad. La sangre había entrado en ebullición, deseaba que la ropa no se interpusiera más en nuestros roces. Intercambiamos papeles: ella me tomó la cintura y yo rodee su cuello con mucho cuidado. En lugar de marcar distancias, nuestras manos auspiciaban el acercamiento. La luz ultravioleta hacía brillar su cara. Tenía los ojos muy blancos, pero pronto los cerró. También lo eran sus dientes; lo noté cuando abrió la boca:
- Vamos a sentarnos afuera.

En la terraza, las palabras aparecieron para arruinar todo. Me acordé que, si iba a asumir tan tremendo compromiso con ella, debía sacarme la única preocupación que me inspiraba. Guiada por las preguntas sutiles, ella me confesó que era virgen. A pesar de su fachada. A pesar de las habladurías. A pesar de mis dudas. El contorno de su cuerpo recortado sobre la luna era tan sublime que no pude dejar de creerle. Las mujeres siempre serán vuelteras, inclasificables, imprevistas. Tenía que esforzarme para ponerme a la altura de las sorpresas que podía darme. Me pidió ir a un lugar con menos gente. Yo no conocía muchos que estuvieran abiertos a la 2 de la madrugada. En el taxi de vuelta, con su cabeza en mi hombro, recordé cierto pub de Pueyrredón y Santa Fé que nunca cerraba.

La fachada de madera le daba un marco anglosajón, casi alpino. Cinco escalones con alfombra roja nos depositaron en un palacio de ambiente recargado. La luz débil estimulaba la sensibilidad. Elegimos una mesa, casi sin mirarla. Ya no teníamos ojos para lo que sucedía alrededor. Yo ya había perdido la conciencia de no sé qué complejo. Ursula trajó su calor muy cerca. Su cara floreció delante mío con una expresión inequívoca, toda una invitación. Sin darme cuenta, le dí un beso espeso, pegajoso. Nos gustó. Porque después vino otro. Y otro. Y otro. Y después vino una camarera semidesnuda que nos preguntó, entre carcajadas, si habíamos decido qué tomar. Ví a un famoso comentarista de fútbol agazapado entre las cortinas, trago en mano. Cuando me fijé en el resto de la gente, me dí cuenta que era un puterío.

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